27 de septiembre. Aniversario de la consumación de Independencia.

Fuente: https://bit.ly/3EvUi1j

El estallido de la revolución de independencia en el Virreinato de la Nueva España fue el corolario de sendas crisis políticas y económicas tanto en la metrópoli como en la colonia, las cuales estaban precedidas por una crisis social profunda, tras tres siglos de dominación peninsular, cuya manifestación más palpable se encontraba en la marcada desigualdad entre los diferentes estratos sociales.

La relación de subordinación que la Corona ejerció sobre sus posesiones ultramarinas provocó que estas últimas se vieran impedidas para lograr un crecimiento económico significativo y, en ámbitos como la administración pública y el clero, los puestos de más alta jerarquía eran reservados exclusivamente para los peninsulares, lo que levantó ámpulas entre los nacidos en el nuevo continente.

La madrugada del 16 de septiembre de 1810, el estallido del movimiento armado dirigido por el cura Miguel Hidalgo buscó, en un primer momento, el reordenamiento de la organización político-religiosa de la colonia sin trastocar el vínculo con la casa reinante peninsular. Conforme se desarrolló la lucha armada entre insurgentes y realistas, los propósitos de separación de la Corona española se fueron manifestando; no fue Hidalgo quien definiera los alcances políticos del movimiento insurgente, ya que esto sucedería bajo la visión y conducción de José María Morelos, a través de la organización del Congreso de Anáhuac en septiembre de 1813.

A la muerte de Morelos en 1815, el movimiento insurgente fue cercenado y, con ello, devino un evidente decaimiento, reduciendo la presencia de los grupos independentistas a células guerrilleras con control en ciertos territorios, sobre todo hacia el sur de la Nueva España, en lo que hoy es el estado de Guerrero.

Insurgentes como Andrés Quintana Roo y su esposa Leona Vicario, dada la crítica situación del movimiento, se vieron en la necesidad de buscar y aceptar indultos otorgados desde la península para salvaguardar su vida y la de sus familias. Para 1820, el territorio novohispano no enfrentaba amenazas serias en contra de su relación de subordinación con la Corona española.

Sin embargo, por esas mismas fechas, el reino español pasaba de ser un régimen absolutista a una monarquía constitucional moderada. Fernando VII se vio obligado a jurar la Constitución de Cádiz de 1812, debido al movimiento liberal liderado por Rafael de Riego y Antonio Quiroga. Así, el 7 de marzo de 1820 esta Constitución se hizo efectiva para todas las posesiones territoriales de la Corona. En la Nueva España, el Virrey Juan Ruíz de Apodaca hizo lo posible para retardar la promulgación de dicho documento; llevando a cabo la proclamación del texto constitucional para el mundo novohispano el 31 de mayo del mismo año ante la Real Audiencia.

Ante la inminente pérdida de privilegios, como la desaparición de fueros propuesta por el texto de Cádiz, clérigos, militares y miembros de la naciente burguesía novohispana, se aglutinaron en la llamada Conspiración de la Profesa con el propósito, paradójicamente, de consumar la independencia de la Nueva España, como se venía planteando por el movimiento insurgente iniciado diez años atrás.

Los nuevos conspiradores separatistas, encabezados por el clérigo Matías Monteagudo, vieron en Agustín de Iturbide, famoso militar realista que combatió con éxito a la insurgencia, la capacidad necesaria para llevar a buen puerto los renovados propósitos independentistas.

En este tenor, Iturbide generó diálogos y acercamientos con los líderes insurgentes que se mantenían en pie y los miembros del realismo novohispano, con el propósito de formar un bloque unificado que pudiera declarar de común acuerdo la independencia de la Nueva España.

El Plan de Iguala fue la maduración expresa de los ánimos independentistas de los diversos bandos y contempló un nuevo proyecto de nación en el que Iturbide pretendió dar cabida a todos los sectores sociales novohispanos, incluyendo a las fuerzas insurgentes restantes, cuyo principal líder al sur del territorio era Vicente Guerrero.

Desde noviembre de 1820, Iturbide mantuvo un constante intercambio epistolar con Guerrero. Para febrero de 1821, el primero contaba con un apoyo insurgente de aproximadamente 3500 hombres en tierra caliente; desde Oaxaca y hasta Colima, Juan Álvarez, José Francisco Gordiano Guzmán, Pedro Ascencio Alquisiras e Isidoro Montes de Oca, líderes de lo que restaba de la insurgencia, se unieron al Plan de Iguala, el cual fue proclamado por el propio Iturbide con el beneplácito de Vicente Guerrero.

El plan de Iguala propuso, entre otras cuestiones, la redacción de un texto constitucional que armonizara con las creencias, costumbres e historia de los pobladores de la América Septentrional; se recogieron afinidades con respecto al sistema monárquico moderado como el establecido en España y se abrió la puerta al reconocimiento generalizado de todos los habitantes del todavía virreinato; fueron consideradas las diferentes castas en la composición multirracial propia del nuevo imperio que se pensaba consolidar.

Militares que hasta el momento habían sido fieles a la Corona, tanto naturales del territorio como las fuerzas expedicionarias que llegaron entre 1815 y 1819 procedentes de la península, se unieron al plan de Iturbide a lo largo y ancho del virreinato. Con la deposición de Juan Ruiz de Apodaca como virrey y la llegada de Juan O’ Donojú al puerto de Veracruz el 3 de agosto de 1821, se fue perfilando la consumación de la independencia del Imperio Mexicano.

El 24 de agosto de 1821, O´Donojú se entrevistó con Iturbide en Córdoba, en el hoy estado de Veracruz; el propósito era establecer acuerdos que satisficiesen los intereses europeos y los americanos. El resultado de la reunión fue la firma de los Tratados de Córdoba, en los que se reconoció el fin de la guerra y se aceptó el Plan de Iguala.

Asimismo, en los tratados se afirmó la Independencia de la Nueva España como Imperio, adoptando un gobierno constitucional moderado, cuya corona le pertenecía de facto a Fernando VII quien, de no aceptar, podría delegársela a un miembro de su familia; en caso de no contar con un miembro de la casa reinante española, las cortes del mismo Imperio Mexicano definirían al monarca y fijarían su sede en territorio mexicano.

Con la entrega de todas las plazas que estaban en manos de las tropas fieles a la Corona, O’Donojú negocio con el militar Francisco Novella la rendición de la Ciudad de México y el retiro de sus tropas de manera pacífica. Aquellos e Iturbide se reunieron el 13 de septiembre en la hacienda de La Patera, en dónde se acordó la suspensión inmediata de las hostilidades.

El 27 de septiembre de 1821, el Ejército de las Tres Garantías, integrado por tropas insurgentes y tropas que habían sido fieles a la Corona española, entraron triunfantes a la Ciudad de México, bajo el mando de Agustín de Iturbide.

 

Fuentes:

  • Guzmán Pérez, Moisés, “El Movimiento Trigarante y el fin de la guerra en Nueva España (1821)”, en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 41, núm. 2, julio diciembre, 2014, pp. 131-161. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, Colombia.
  • “Juan O’Donojú”, en Memoria Política de México, disponible en: https://bit.ly/3kv1Ycp, consultado el 20-09-2021.
  • Guzmán Pérez, Moisés, “El Movimiento Trigarante y el fin de la guerra en Nueva España (1821)”, en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 41, núm. 2, julio diciembre, 2014, pp. 131-161. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, Colombia.

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